BITÁCORAS DEL DESCONCIERTO
Ensayos sobre la vida y la literatura
martes, 20 de noviembre de 2018
jueves, 5 de junio de 2014
DE ANÉMONAS Y VERSOS
La primera vez que leí sobre
la anémona fue cuando estudiaba sexto grado; desde ese momento nunca
olvidé a esa flor del viento que solo se dibujó a través de los juegos entre
significados y significantes y en una fotografía de un libro que ya he
olvidado. Se trataba de un proyecto sobre las plantas y yo tenía que hablar
sobre las flores silvestres. Misteriosamente solo me acuerdo de esa palabra, de
esa flor que tal vez asocié al anemómetro cuyo significado lo estudié
reiteradamente en los salones de clases.
Después de algunos años, me
vine a encontrar con ese vocablo en un hermoso poema de Guillermo Sucre. Ahora
esa palabra cobró otra significación al estar precedida por hermosos accidentes
verbales, por esa deshecha sensación de lo melancólico “anémona deshecha en un
océano triste”; su misma significación en su pureza vegetal puede hacernos
dialogar con la nostalgia, con esa hermosa imagen que es el viento: en este el
misterio, el exilio, el desacierto de lo que no tiene ningún lugar, ninguna
estación inmóvil sino que se desplaza en las orillas de la aventura y de lo
trágico, ser viento significa ser palabra, átomo, signo que no se ve pero
persiste en el sueño, vuelo que me arropa cuando creo que apenas existo; ese
viento deshecho y esa fragilidad que implica pensarse como flor, como levedad,
como cuerpo sensible a los rieles de la naturaleza, del mar infinito, de ese
océano triste que reitera los ecos melancólicos de ese verso.
Encontrarse con una palabra
puede convertirse en un milagro o algunas veces en una calamidad, puede
convertirse en un arma o en la salvación como se refiere Octavio Paz a la
poesía; esa palabra y su nostalgia –mi nostalgia-, me encontré pensando en
la relación entre las palabras y las cosas, entre palabra e imagen; sobre esa
primera impresión que tienes ante su significado: el plano emocional, la
huella, la fija fugacidad de esa mirada que es apenas misterio. Una palabra no
solo posee significado en sí misma sino el que se dibuja en nuestra mente, en
nuestras circunstancias: no solo estamos pensando en ella sino en su historia
que se convierte en la nuestra, en la historia de la relación que ha nacido con
esa palabra desde el momento de la primera percepción. La anémona es la
memoria, el trastiempo, el destiempo que me dibuja recuerdos transfigurados, la
anémona es la poesía.
Evoco de nuevo el verso,
“Anémona deshecha en un océano triste”, e imagino a esa flor moverse, zumbarse
ante ese desamparo de habitar en lo desconocido sin quizás saber que es hábito,
que respira, que siente, que sufre, que quizás posee lenguaje, y así me vuelco
al hombre que también es viento que transita porque no termina de pertenecer a
ninguna estación. Transpirar, respirar: inhalo, exhalo. Solo soy un pálpito que
la gente intenta explicar a través de una historia. Mi nombre, mis sueños, ¿mi
nombre fue acaso un sueño?, ¿mi nombre fue una casualidad?, ¿una postergación?,
¿quiso ser la nostalgia de otro ser humano, su recuerdo?, ¿una definición de
infinito porque el único espejo es serme, es borrarme?, ¿seremos como esa flor
del viento que no se sabe que se es?, ¿que al menos creemos que no se sabe ser?
Vuelve otra vez a encarnarse esa flor del viento, me pregunto qué es la
respiración, si ¿en el verano cada palabra respira en el verano?, y
pensar en una palabra significa hacerla respirar al igual que pensar en un
poema, la respiración de convierte en sinónimo de vida. Las palabras al igual
que los seres tienen vidas, ciclos, destinos.
Leer un texto es derrumbarse
ante los hilos de la imaginación ficcional o poética para entregarse a este en
un acto amoroso e incierto. Algunas palabras me llevan a pensar en la poesía de
Guillermo Sucre: respirar, verano, espejo, infinito, sueños. Me he robado
algunos de sus versos para explicar mis sentimientos y mis aproximaciones a
otros poetas y narradores. Los escribo en cursiva para sentir menos el
delirante plagio de las palabras, sin embargo, de alguna forma sueño que se
convierten en mi palabra o al menos en mi sueño, en mi fija fugacidad que se
evapora cuando no escribo lo apenas soñado en un intento de aproximación a una
lectura poética. Pensar en esa fija fugacidad quizás sería comprimir toda la
historia de lo que se ha sido como lector de literatura y de imágenes poéticas,
es pensar también en ¿qué es el poema en sí mismo?, ¿no es una cifra de sí?
La palabra implica
pensamiento, formulación, las matemáticas no son solo números, dígitos que
inscriben las huellas de nuestros pasos, quizás la metáfora del orden del mundo
que quiere formularse con cifras, limitarse, tener una explicación de las
constantes incertidumbres. Si todo fuese absoluto no existirían los poemas. El
conteo de las horas, los minutos de la respiración de la tierra y de los
hombres, la historia de nuestros constantes vuelcos en la misma humanidad en la
cual a pesar de las décadas, los siglos, los milenios, de la figura imaginaria
del tiempo: el hombre sigue careciendo, deseando, pensando o dejándose llevar
por el exterminio lento de los días, desterrado de su sensibilidad o entregado
a ella porque le encuentra más sentido que a lo otro que se descifra en
circunstancias de la necesidad, de lo pragmático y luego se anula. La
imaginación es transfigurable: es un cuerpo que se teje de bifurcaciones,
posibilidades, se construye con el movimiento de los días. Leer la poesía de
Guillermo Sucre es un acto que no solo lleva a reflexionar sobre las emociones
humanas sino sobre el acto poético y los misterios que se encuentran en la
palabra por y desde sí misma; no es solo pensar en el espacio que toma cuerpo
de lo humano, el espacio que se hace ser, sino en la palabra que quiere
explicarse a sí misma, explicar su origen, esa palabra que se convierte en un
espejo del lenguaje y del pensamiento poético, palabra que quiere explicar su
espacio.
Al leer la poesía de Guillermo
Sucre he sentido una enorme fascinación no únicamente por los encuentros
espirituales y emocionales que me ha dejado su lectura, sino también porque de
alguna forma es como si en esta leyera gran parte de la historia del mundo y de
la literatura, de los sueños que pretenden explicar la literatura que
afortunadamente es inexplicable e infinita. Si fuese explicable no provocaría
la misma fascinación, esa sensación del encuentro con el misterio y con la fuga
que al final se convierte en una especie de revelación de la vida.
Las lecturas de la vida y de
la literatura no deberían estar separadas. No miramos con un solo ojo el mundo.
Nunca podemos apartar la ficción de la realidad porque nuestras primeras
imágenes provienen del mundo y de nuestra relación con él: el silencio, la luz,
la oscuridad, ¿leer un poema no se convierte en un acto de asociación de sus
imágenes con el mundo, con la realidad?, ¿en un pensar en las palabras y las
cosas?, ¿en su textura, en su posibilidad, en su ser ahora transfiguración,
metáfora posible?
Sé que debí haber hablado
sobre la anémona de mar cuando hice referencia al poema de Guillermo Sucre, a
esta especie es a la que se refiere el poeta en su verso, sin embargo, esto
provocó en mí una reflexión, realicé un ejercicio de memoria, de esa primera
relación con la anémona y con la palabra anémona: no la de mar, no la deshecha,
sino la anémona silvestre, incauta, libre, llena de fragilidad y misterio; el
misterio de su silencioso lenguaje que la vuelve sueño de sí y del otro. Quizás
esa relación silente con el mundo es la que nos hace soñar porque el silencio
es una de las más hermosas formas de intimidad y misterio: nos permite
construir historias, recuerdos, asociaciones, entablar comparaciones con las
visiones y revelaciones tenidas durante esa otra forma de lenguaje, creo que
esos momentos superan el verbo ver y se conjugan a otros actos de la
sensibilidad como sentir, imaginar, soñar, descubrir.
Y ya no se trataba de
anémonas de viento sino de anémonas de mar, esas oscuras plantas sostenidas en
el abismo, ese abismo oceánico, puro, casi vinculado con la eternidad, con ese
contraste secreto del amor, de la huella; se trataba de otro universo verbal
habitado en una palabra que deshace la antigua nominación —la subjetiva nominación—,
esa especie de anémona que me arraigaba a la palabra original, en sí misma,
nomenclatura que me conjuga al mundo cuando pienso en la anémona deshecha,
cuando pienso que en las palabras nos sostenemos en una forma de eternidad y
comenzamos a través de ellas a comunicarnos con el otro, silente, huidizo, ser
efímero que se une a la tierra cuando es nombre, cuando es nostalgia que quiere
ser belleza y se me viene a la cabeza la palabra virtuoso, pienso no solo en
esa belleza que se resume en lo que finalmente involucra a la evasión, en los
momentos que quisimos negar toda esa belleza contenida de horror, en el horror
¿acaso en el dolor no hay algo humano, bello?
Me sostengo en ese
desconocimiento de las cosas que me seduce, ese desconocimiento de la totalidad
que hemos tratado de aprehender tantos días y noches a través de una palabra
que se une a otra para borrar los límites trazados en las significaciones de
las imágenes inexploradas y de los territorios apenas descubiertos cuando una
palabra me lleva al equívoco y quiero comenzar a indagarla siquiera por el
error o los errores de mis sueños y mis recuerdos. ¿Al soñar ese vínculo no me
estaba deslumbrando antes las palabras cuando se unen a otras y una sola,
habitante de ese espacio difuso me mostraba solo una parte de una complejidad?,
reitero nuevamente a esa anémona deshecha en un océano triste y pienso en las
anémonas de mar.
Y así sueño mi anémona, sueño
a ese ser deshecho que es una de las tantas que existen, que quizás se
convierte en todos los seres porque refiriéndose a una, Sucre quizás también se
refería a todas las anémonas del mar y de la tierra, esas anémonas
polisémicas que son únicas y están deshechas y envueltas por el
sentimiento de nostalgia que poseen los océanos tristes.
Maryfel Alvarado Méndez
miércoles, 10 de julio de 2013
SANDWISH
Leer es traducir, cuando leemos inmediatamente
traducimos, escribimos desde nuestra mirada, conservamos el secreto de esa mirada
o la compartimos -la decisión de contemplar en solitario es nuestra-,
versionamos el espejo de esa mirada, pero en esta anécdota se trataba
literalmente de una traducción, de la traducción de la palabra sandwish que
en español quiere decir algo como deseo de arena; estaba
escrita por ahí con otra intención, se refería a un sándwich, quizás los que la observaban pensaban que se trataba de un error garrafal que habían cometido los
vendedores de la cantina.
No nos detenemos a mirar las pequeñas cosas de
los días y del cielo, sin embargo, un ser se detuvo a leer y a traducir,
se detuvo a pensar y a imaginar cómo sería un deseo de arena y
no solamente se detuvo en el error de la palabra escrita, se detuvo a mirar
cómo podía ser el cuadro o la melodía de un deseo de arena y
decidió compartirlo, me mostró la palabra y me regaló un deseo de arena que
yo miraba a través de los sueños de la palabra y que me pareció una bondad del
universo y la conspiración del azar; muchos deseos son de arena y desvanecen en
esa sensación de que esta está unida a la tierra pero a la vez se encuentra
fragmentada en partículas indivisibles que siempre están envueltas en
movimientos invisibles que nos muestran la fragilidad de las cosas.
La imagen de la arena me hizo pensar inmediatamente
en el aire y por lo tanto en lo insostenible: el deseo mientras no se realiza
es como la poesía, que por más de ser amada o sentida no se puede poseer, se
convierte en una materia de los días que no se puede palpar sino sentir. La
palabra cuando no se escribe también se convierte en una imagen de la arena: se
pierde, se borra o se olvida. La arena no tiene una fijeza, la arena es
metafórica en sí misma: una viajera y antigua amante del viento, y los deseos
mientras no se cumplen son como la arena, poseen una fijeza que únicamente
puede compararse a las extrañas formas del silencio, la esperanza o los
sueños que pueden deshacerse tal como se deshace la arena en nuestras manos
porque quiere volver a su destino original en el mundo.
Tengo que confesar que hasta ese momento nunca
había concebido las asociaciones entre la arena y la palabra, la arena y el
deseo, la arena y la lectura, la arena y la poesía, entre esta y lo inefable de
las distintas manifestaciones del arte. Mirar que esta se deshace como la memoria,
como la noción del bien y del mal, como la felicidad y la tristeza que quizás
solo pueden ser sentidas como metáfora del viento y los sueños.
Maryfel Alvarado Méndez
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