jueves, 5 de junio de 2014

DE ANÉMONAS Y VERSOS

La primera vez que leí sobre la anémona fue cuando estudiaba sexto grado; desde ese momento nunca olvidé a esa flor del viento que solo se dibujó a través de los juegos entre significados y significantes y en una fotografía de un libro que ya he olvidado. Se trataba de un proyecto sobre las plantas y yo tenía que hablar sobre las flores silvestres. Misteriosamente solo me acuerdo de esa palabra, de esa flor que tal vez asocié al anemómetro cuyo significado lo estudié reiteradamente en los salones de clases.

Después de algunos años, me vine a encontrar con ese vocablo en un hermoso poema de Guillermo Sucre. Ahora esa palabra cobró otra significación al estar precedida por hermosos accidentes verbales, por esa deshecha sensación de lo melancólico “anémona deshecha en un océano triste”; su misma significación en su pureza vegetal puede hacernos dialogar con la nostalgia, con esa hermosa imagen que es el viento: en este el misterio, el exilio, el desacierto de lo que no tiene ningún lugar, ninguna estación inmóvil sino que se desplaza en las orillas de la aventura y de lo trágico, ser viento significa ser palabra, átomo, signo que no se ve pero persiste en el sueño, vuelo que me arropa cuando creo que apenas existo; ese viento deshecho y esa fragilidad que implica pensarse como flor, como levedad, como cuerpo sensible a los rieles de la naturaleza, del mar infinito, de ese océano triste que reitera los ecos melancólicos de ese verso.

Encontrarse con una palabra puede convertirse en un milagro o algunas veces en una calamidad, puede convertirse en un arma o en la salvación como se refiere Octavio Paz a la poesía; esa palabra y su nostalgia –mi nostalgia-, me encontré pensando en la relación entre las palabras y las cosas, entre palabra e imagen; sobre esa primera impresión que tienes ante su significado: el plano emocional, la huella, la fija fugacidad de esa mirada que es apenas misterio. Una palabra no solo posee significado en sí misma sino el que se dibuja en nuestra mente, en nuestras circunstancias: no solo estamos pensando en ella sino en su historia que se convierte en la nuestra, en la historia de la relación que ha nacido con esa palabra desde el momento de la primera percepción. La anémona es la memoria, el trastiempo, el destiempo que me dibuja recuerdos transfigurados, la anémona es la poesía.

Evoco de nuevo el verso, “Anémona deshecha en un océano triste”, e imagino a esa flor moverse, zumbarse ante ese desamparo de habitar en lo desconocido sin quizás saber que es hábito, que respira, que siente, que sufre, que quizás posee lenguaje, y así me vuelco al hombre que también es viento que transita porque no termina de pertenecer a ninguna estación. Transpirar, respirar: inhalo, exhalo. Solo soy un pálpito que la gente intenta explicar a través de una historia. Mi nombre, mis sueños, ¿mi nombre fue acaso un sueño?, ¿mi nombre fue una casualidad?, ¿una postergación?, ¿quiso ser la nostalgia de otro ser humano, su recuerdo?, ¿una definición de infinito porque el único espejo es serme, es borrarme?, ¿seremos como esa flor del viento que no se sabe que se es?, ¿que al menos creemos que no se sabe ser? Vuelve otra vez a encarnarse esa flor del viento, me pregunto qué es la respiración, si ¿en el verano cada palabra respira en el verano?, y pensar en una palabra significa hacerla respirar al igual que pensar en un poema, la respiración de convierte en sinónimo de vida. Las palabras al igual que los seres tienen vidas, ciclos, destinos.

Leer un texto es derrumbarse ante los hilos de la imaginación ficcional o poética para entregarse a este en un acto amoroso e incierto. Algunas palabras me llevan a pensar en la poesía de Guillermo Sucre: respirar, verano, espejo, infinito, sueños. Me he robado algunos de sus versos para explicar mis sentimientos y mis aproximaciones a otros poetas y narradores. Los escribo en cursiva para sentir menos el delirante plagio de las palabras, sin embargo, de alguna forma sueño que se convierten en mi palabra o al menos en mi sueño, en mi fija fugacidad que se evapora cuando no escribo lo apenas soñado en un intento de aproximación a una lectura poética. Pensar en esa fija fugacidad quizás sería comprimir toda la historia de lo que se ha sido como lector de literatura y de imágenes poéticas, es pensar también en ¿qué es el poema en sí mismo?, ¿no es una cifra de sí?

La palabra implica pensamiento, formulación, las matemáticas no son solo números, dígitos que inscriben las huellas de nuestros pasos, quizás la metáfora del orden del mundo que quiere formularse con cifras, limitarse, tener una explicación de las constantes incertidumbres. Si todo fuese absoluto no existirían los poemas. El conteo de las horas, los minutos de la respiración de la tierra y de los hombres, la historia de nuestros constantes vuelcos en la misma humanidad en la cual a pesar de las décadas, los siglos, los milenios, de la figura imaginaria del tiempo: el hombre sigue careciendo, deseando, pensando o dejándose llevar por el exterminio lento de los días, desterrado de su sensibilidad o entregado a ella porque le encuentra más sentido que a lo otro que se descifra en circunstancias de la necesidad, de lo pragmático y luego se anula. La imaginación es transfigurable: es un cuerpo que se teje de bifurcaciones, posibilidades, se construye con el movimiento de los días. Leer la poesía de Guillermo Sucre es un acto que no solo lleva a reflexionar sobre las emociones humanas sino sobre el acto poético y los misterios que se encuentran en la palabra por y desde sí misma; no es solo pensar en el espacio que toma cuerpo de lo humano, el espacio que se hace ser, sino en la palabra que quiere explicarse a sí misma, explicar su origen, esa palabra que se convierte en un espejo del lenguaje y del pensamiento poético, palabra que quiere explicar su espacio.

Al leer la poesía de Guillermo Sucre he sentido una enorme fascinación no únicamente por los encuentros espirituales y emocionales que me ha dejado su lectura, sino también porque de alguna forma es como si en esta leyera gran parte de la historia del mundo y de la literatura, de los sueños que pretenden explicar la literatura que afortunadamente es inexplicable e infinita. Si fuese explicable no provocaría la misma fascinación, esa sensación del encuentro con el misterio y con la fuga que al final se convierte en una especie de revelación de la vida.

Las lecturas de la vida y de la literatura no deberían estar separadas. No miramos con un solo ojo el mundo. Nunca podemos apartar la ficción de la realidad porque nuestras primeras imágenes provienen del mundo y de nuestra relación con él: el silencio, la luz, la oscuridad, ¿leer un poema no se convierte en un acto de asociación de sus imágenes con el mundo, con la realidad?, ¿en un pensar en las palabras y las cosas?, ¿en su textura, en su posibilidad, en su ser ahora transfiguración, metáfora posible?

Sé que debí haber hablado sobre la anémona de mar cuando hice referencia al poema de Guillermo Sucre, a esta especie es a la que se refiere el poeta en su verso, sin embargo, esto provocó en mí una reflexión, realicé un ejercicio de memoria, de esa primera relación con la anémona y con la palabra anémona: no la de mar, no la deshecha, sino la anémona silvestre, incauta, libre, llena de fragilidad y misterio; el misterio de su silencioso lenguaje que la vuelve sueño de sí y del otro. Quizás esa relación silente con el mundo es la que nos hace soñar porque el silencio es una de las más hermosas formas de intimidad y misterio: nos permite construir historias, recuerdos, asociaciones, entablar comparaciones con las visiones y revelaciones tenidas durante esa otra forma de lenguaje, creo que esos momentos superan el verbo ver y se conjugan a otros actos de la sensibilidad como sentir, imaginar, soñar, descubrir.

Y ya no se trataba de anémonas de viento sino de anémonas de mar, esas oscuras plantas sostenidas en el abismo, ese abismo oceánico, puro, casi vinculado con la eternidad, con ese contraste secreto del amor, de la huella; se trataba de otro universo verbal habitado en una palabra que deshace la antigua nominación —la subjetiva nominación—, esa especie de anémona que me arraigaba a la palabra original, en sí misma, nomenclatura que me conjuga al mundo cuando pienso en la anémona deshecha, cuando pienso que en las palabras nos sostenemos en una forma de eternidad y comenzamos a través de ellas a comunicarnos con el otro, silente, huidizo, ser efímero que se une a la tierra cuando es nombre, cuando es nostalgia que quiere ser belleza y se me viene a la cabeza la palabra virtuoso, pienso no solo en esa belleza que se resume en lo que finalmente involucra a la evasión, en los momentos que quisimos negar toda esa belleza contenida de horror, en el horror ¿acaso en el dolor no hay algo humano, bello?

Me sostengo en ese desconocimiento de las cosas que me seduce, ese desconocimiento de la totalidad que hemos tratado de aprehender tantos días y noches a través de una palabra que se une a otra para borrar los límites trazados en las significaciones de las imágenes inexploradas y de los territorios apenas descubiertos cuando una palabra me lleva al equívoco y quiero comenzar a indagarla siquiera por el error o los errores de mis sueños y mis recuerdos. ¿Al soñar ese vínculo no me estaba deslumbrando antes las palabras cuando se unen a otras y una sola, habitante de ese espacio difuso me mostraba solo una parte de una complejidad?, reitero nuevamente a esa anémona deshecha en un océano triste y pienso en las anémonas de mar.

Y así sueño mi anémona, sueño a ese ser deshecho que es una de las tantas que existen, que quizás se convierte en todos los seres porque refiriéndose a una, Sucre quizás también se refería a todas las anémonas del mar y de la tierra, esas anémonas polisémicas que son únicas y están deshechas y envueltas por el sentimiento de nostalgia que poseen los océanos tristes.


Maryfel Alvarado Méndez

miércoles, 10 de julio de 2013

SANDWISH

Leer es traducir, cuando leemos inmediatamente traducimos, escribimos desde nuestra mirada, conservamos el secreto de esa mirada o la compartimos -la decisión de contemplar en solitario es nuestra-, versionamos el espejo de esa mirada, pero en esta anécdota se trataba literalmente de una traducción, de la traducción de la palabra sandwish que en español quiere decir algo como deseo de arena; estaba escrita por ahí con otra intención, se refería a un sándwich, quizás los que la observaban pensaban que se trataba de un error garrafal que habían cometido los vendedores de la cantina.

No nos detenemos a mirar las pequeñas cosas de los días y del cielo, sin embargo, un ser se detuvo a leer y a traducir,  se detuvo a pensar y a imaginar cómo sería un deseo de arena y no solamente se detuvo en el error de la palabra escrita, se detuvo a mirar cómo podía ser el cuadro o la melodía de un deseo de arena y decidió compartirlo, me mostró la palabra y me regaló un deseo de arena que yo miraba a través de los sueños de la palabra y que me pareció una bondad del universo y la conspiración del azar; muchos deseos son de arena y desvanecen en esa sensación de que esta está unida a la tierra pero a la vez se encuentra fragmentada en partículas indivisibles que siempre están envueltas en movimientos invisibles que nos muestran la fragilidad de las cosas.
La imagen de la arena me hizo pensar inmediatamente en el aire y por lo tanto en lo insostenible: el deseo mientras no se realiza es como la poesía, que por más de ser amada o sentida no se puede poseer, se convierte en una materia de los días que no se puede palpar sino sentir. La palabra cuando no se escribe también se convierte en una imagen de la arena: se pierde, se borra o se olvida. La arena no tiene una fijeza, la arena es metafórica en sí misma: una viajera y antigua amante del viento, y los deseos mientras no se cumplen son como la arena, poseen una fijeza que únicamente puede compararse a las extrañas formas del silencio, la  esperanza o los sueños que pueden deshacerse tal como se deshace la arena en nuestras manos porque quiere volver a su destino original en el mundo.

Tengo que confesar que hasta ese momento nunca había concebido las asociaciones entre la arena y la palabra, la arena y el deseo, la arena y la lectura, la arena y la poesía, entre esta y lo inefable de las distintas manifestaciones del arte. Mirar que esta se deshace como la memoria, como la noción del bien y del mal, como la felicidad y la tristeza que quizás solo pueden ser sentidas como metáfora del viento y los sueños.


Maryfel Alvarado Méndez